6 de octubre de 2011

La Iglesia apuesta por un trabajo decente

El 7 de octubre se celebra el Día Internacional del Trabajo Decente. Siempre, pero especialmente en este momento de crisis global, conviene recordar esta celebración.
¿A qué nos referimos con trabajo decente?. La Organización Internacional del Trabajo lo define como contar con oportunidades de un trabajo que sea productivo y que produzca un ingreso digno, seguridad en el lugar de trabajo y protección social para las familias, mejores perspectivas de desarrollo personal e integración a la sociedad, libertad para que la gente exprese sus opiniones, organización y participación en las decisiones que afectan sus vidas, e igualdad de oportunidad y trato.
Este concepto concuerda perfectamente con la concepción del trabajo que expresa nuestra Doctrina Social. Tal es así que Juan Pablo II, con motivo del Jubileo del año 2000 apoyó explícitamente este objetivo de la OIT y Benedicto XVI en su Encíclica "Cáritas in Veritate" recoge su preocupación por la violación del trabajo humano haciendo mención a la Encíclica "Laborem Exercens" de la que estamos celebrando el treinta aniversario.
 En el número 63 de "Cáritas in veritate", Benedicto XVI expresa claramente el sentido del calificativo decente aplicada al trabajo: Significa un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer: un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que, de este modo, haga que los trabajadores sean respetados, evitando toda discriminación; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores organizarse libremente y hacer oír su voz; un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación.
Mirando ahora a nuestra realidad, cabe preguntarse: los derroteros que están tomando las denominadas reformas del mal llamado mercado de trabajo (¿las personas pueden ser consideradas mercancías?) caminan en la dirección de un trabajo decente. La simple experiencia nos dice que no: jóvenes que tienen que salir de nuestras ciudades y pueblos a trabajar donde pueden y en lo que pueden (por tanto un trabajo no elegido libremente), familias rotas por la distancia porque el matrimonio tiene que estar trabajando en ciudades diferentes para poder hacer frente a los gastos (no permitiendo satisfacer las auténticas necesidades de la familia), trabajos sin horarios (dificultando las posibilidades de tener otra actividad familiar, social o religiosa), y un largo etcétera.
En este 7 de octubre hemos de proclamar muy alto en medio de la sociedad la apuesta de la Iglesia por un trabajo decente, incluso en esta situación de crisis. Ciertamente somos portadores de Buenas Noticias para los trabajadores y trabajadoras. Pero, ¿podemos afirmar con tal rotundidad que estamos, a nivel personal, de grupo, de comunidad parroquial, de iglesia diocesana, comprometidos efectivamente en este objetivo?

14 de septiembre de 2011

La dignidad del trabajador. 30 años de Laborem Exercens

El 14 de septiembre de 1981, el papa Juan Pablo II firmaba su Carta Encíclica “Laborem Exercens”dedicada al trabajo humano, o más exactamente, «al hombre en el vasto contexto de esa realidad que es el trabajo». Se cumplen, pues, treinta años de esta Encíclica que, lejos de formar parte del pasado, en el contexto social y económico actual supone una novedad que le ilumina.
Con estas letras no pretendemos desgranar este importante documento de la Doctrina Social de la Iglesia. Algunos de sus elementos han sido objeto de diversas actividades por parte de nuestro Secretariado Diocesano de Pastoral Obrera y contenido del Aula de Verano de nuestra Escuela Diocesana de Formación. Con este artículo simplemente pretendemos rescatarlo del olvido de la mayoría de los cristianos y, como se dice hoy en día, ponerlo en valor.
Efectivamente, en este momento duro y difícil producido por la crisis que no es sólo económica, sino fundamentalmente ética, la “Laborem Exercens” nos ofrece elementos para su lectura desde nuestra condición de creyentes así como pistas y propuestas para hacer al conjunto de la sociedad.
Asistimos a la toma de medidas políticas y económicas por parte de los gobiernos e instituciones internacionales en función de un “ente” denominado mercados. En paralelo, todos los discursos públicos expresan la preocupación por las cifras de desempleo y la necesidad de reformas para reducirlas. En este contexto resulta muy oportuno recordar algunas de las primeras palabras de la Encíclica:
« El trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos de vela verdaderamente desde el punto de vista del bien del hombre. Y si la solución, o mejor, la solución gradual de la cuestión social (…) debe buscarse en la dirección de “hacer la vida humana más humana” entonces la clave, que es el trabajo humano, adquiere un importancia fundamental y decisiva.» (Introducción)
Es decir, la cuestión a la que nos enfrentamos hoy es cómo superar la crisis (cuestión social) en la dirección de hacer la vida humana más humana (¿las medidas que se están tomando caminan en esta dirección?. Todo apunta que la vida humana se está haciendo más inhumana -crecimiento del hambre, de la pobreza, de la desprotección social, ...-). Y en todo ello, el trabajo está jugando un papel muy importante, no sólo como un “factor económico”, sino fundamentalmente como un elemento indispensable para la dignidad del ser humano (¿las denominadas reformas del mercado laboral ofrecen más dignidad a la persona del trabajador?. La experiencia nos demuestra que no, que las dificultades para construir un proyecto personal y familiar por las condiciones cada vez más precarias de trabajo no ayudan a potenciar la dignidad de la persona).
Además, nosotros, seguidores de Cristo, no podemos olvidar que el trabajo tiene una dimensión trascendente: « En el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la Cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención (…) y encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva » (27). Reducir el trabajo a un simple factor económico o un empleo, como se está haciendo, es eliminar esta dimensión y, por tanto, romper el proyecto que Dios tiene para cada ser humano y la humanidad entera.
Con estas humildes letras hemos pretendido mostrar la actualidad de esta Encíclica y animar a todos los cristianos a su conocimiento para poder posicionarnos coherentemente en la realidad que nos ha tocado vivir y para poder ofrecer sus ricas aportaciones a todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que buscan junto a nosotros salidas a esta situación social que pone en peligro la dignidad del ser humano, centro de la preocupación de “Laborem Exercens”.