31 de diciembre de 2011

Defendemos el protagonismo político de la familia

Comunicado de Prensa del Movimiento Cultural Cristiano y Camino Juvenil Solidario con motivo de la Fiesta de la Sagrada Familia  2011

El poder político, económico y cultural de este mundo ha desatado un ataque feroz contra la familia. La familia solidaria defensora de la vida, ha sido y es la piedra angular del edificio social y fuente de fraternidad. Por ello, sufre las agresiones de un sistema imperialista cuyo motor es el lucro.

La familia no es fruto de un consenso, ni del capricho de un legislador. La familia es la comunidad abierta de personas, basada en el matrimonio de hombre y mujer, que tratan de vivir un ideal común de justicia y solidaridad, con el compromiso de transformar la realidad que le rodea, conjuntamente con otras familias y personas solidarias. Es ésta la familia que fue capaz de concebir los militantes que hicieron posible la emancipación de los obreros en nuestra historia reciente. Y es también esta familia pobre la que hoy lucha en el Tercer Mundo por su liberación.

No podemos concebir un orden social justo y democrático sin tener en cuenta el papel de la familia, es la familia la que da respuesta a los problemas derivados del envejecimiento de la población, el fracaso escolar, la droga, etc.; estas situaciones, que afectan a grupos mayoritarios de población, son afrontadas por las familias sin el apoyo estatal que requieren.

El panorama empeora: el número de abortos sigue aumentando año tras año, encubriendo los datos con la píldora abortiva, aprobada por el gobierno del PP; aumentan sin cesar los beneficios de banqueros gracias a la especulación de la vivienda que ha desahuciado en España a 200.000 familias desde el comienzo de esta “crisis”; el paro y la precariedad laboral se ha generalizado; las familias inmigrantes no pueden renovar sus permisos de residencia, obligadas a la expulsión o a la esclavitud laboral ; la mayoría de pensiones de nuestros mayores son mínimas, etc.

Mientras, el anterior gobierno del PSOE ha legislado para minorías que dañan el concepto mismo de matrimonio con las exigencias egoístas y corporativas de grupos minoritarios y estériles para la historia de la solidaridad. Celebrar en las calles el día de la familia es hoy más necesario cuando en España entra al gobierno un partido que en legislaturas anteriores, y en su gestión autonómica y municipal, ha aumentado el aborto, la expulsión de inmigrantes, las ventas de armas en guerras y otras agresiones a la vida.

Denunciamos la voluntad de los países enriquecidos de imponer a los países del Tercer Mundo su mentalidad contraceptiva, antes que compartir con ellos las riquezas de la Tierra. En las familias pobres asociadas encontramos los valores que ayudan al florecimiento de la familia solidaria: compartir lo necesario para vivir, una gran generosidad, un sentido de la responsabilidad, una fecundidad mayor y una apertura a cambios sociales radicales.

Los problemas que sufre la familia solo tienen solución en el campo de la política. Por eso  como autogestionarios, APOSTAMOS POR EL PROTAGONISMO DE LAS FAMILIAS FRENTE A LA TIRANÍA DEL ESTADO Y DEL MERCADO.


Defender la familia solidaria es: defender la vida, la justicia, la libertad y la solidaridad.

MCC y Camino Juvenil Solidario

30 de diciembre de 2011

La familia, víctima de la crisis

Comunicado de la Hermandad Obrera de Acción Católica de Valladolid en la festividad de la Sagrada Familia

La Hermandad Obrera de Acción Católica, con motivo de la celebración de la Festividad de la Sagrada Familia el 30 de diciembre de 2011 manifiesta su preocupación por el sufrimiento que la crisis está generando en las familias trabajadoras.

Efectivamente, tal y como señalaba Benedicto XVI recientemente  «en la difícil situación que estamos viviendo asistimos, desgraciadamente, a una crisis del trabajo y de la economía acompañada de una crisis de la familias: los conflictos de pareja, los generacionales, los conflictos entre tiempo familiar y tiempo laboral, la crisis del empleo, crean una compleja situación de malestar que influye en la misma vida social».

Las manifestaciones de esta crisis que sufre la familia son amplias y variadas. Desempleo, de alguno o de todos sus miembros; insuficientes recursos económicos para atender las necesidades más básicas; pérdida de la vivienda o serias dificultades para mantenerla; imposibilidad de una atención adecuada a niños y mayores; problemas educativos; conflictos en la convivencia familiar, en algunos casos llegando a la ruptura; ... son algunas de las situaciones que los militantes de la HOAC constamos a nuestro alrededor.

Desde nuestro ser seguidores de Jesucristo queremos denunciar que esta realidad es el resultado de un sistema económico profundamente inhumano, que en pro del máximo beneficio y rentabilidad sacrifica a las personas y pretende eliminar la posibilidad de vida de éstas en una auténtica familia, entendida como una comunidad de amor que cuida de sus miembros y es protagonista en la construcción de una sociedad más justa y fraterna.

Reconocemos el esfuerzo solidario que muchas familias están realizando con sus miembros más débiles y con las familias que están sufriendo los efectos de la crisis como una manifestación del Espíritu de Amor del Señor en medio de nuestra sociedad.

Invitamos a todas las personas y familias cristianas a fijarnos en la Sagrada Familia y a vivir como ella, como la familia obrera de Nazaret. Una familia que experimenta el sufrimiento ("No había sitio para ellos en la posada" Lc. 2, 7; "José se levantó, tomo de noche al niño y a la madre y huyó a Egipto" Mt. 2, 14), una familia que vive de su trabajo y su esfuerzo, una familia que vive la solidaridad ("María se puso en camino a toda prisa para dirigirse a la montaña" para atender a Isabel. Lc 1, 39), una familia que afrontan juntos los problemas y se preocupan unos por otros (como en el relato de Jesús perdido en el templo de Lucas 2, 42-50), una familia en la que todos crecen (Cf. Lc 2, 51-52), .  Y todo ello porque es una familia con la voluntad de ser instrumento del Plan de Dios y que pone en Él su confianza ("José hizo como le dijo el ángel del Señor" Mt. 1, 24; "He aquí la esclava del Señor, que se cumpla en mi tu Palabra" Lc. 1, 38; "No sabíais que debo estar en la casa de mi Padre" Lc. 2, 49).

Hacemos un llamamiento al conjunto de la sociedad y a las diferentes Administraciones Públicas para que se pongan todos los medios necesarios para proteger a las familias especialmente afectadas por la crisis, de modo que se garanticen sus derechos sociales básicos (protección social, vivienda, sanidad, educación) y se creen las condiciones que permitan un trabajo decente y digno que favorezca el desarrollo de todos y cada uno de los miembros de la familia y de la misma vida familiar.

Para ello consideramos necesario cultivar una cultura de la solidaridad que supere todas las formas de individualismo y egoísmo existentes y fomente la búsqueda del bien común y la justa distribución de los bienes en nuestra sociedad para construir una única familia: la familia humana.
  

16 de diciembre de 2011

Mensaje para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz

Educar a los jóvenes en la justicia y la paz



 

Mensaje de su santidad Benedicto XVI para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz


1. EL COMIENZO DE UN AÑO NUEVO, don de Dios a la humanidad, es una invitación a desear a todos, con mucha confianza y afecto, que este tiempo que tenemos por delante esté marcado por la justicia y la paz.

¿Con qué actitud debemos mirar el nuevo año? En el salmo 130 encontramos una imagen muy bella. El salmista dice que el hombre de fe aguarda al Señor «más que el centinela la aurora» (v. 6), lo aguarda con una sólida esperanza, porque sabe que traerá luz, misericordia, salvación. Esta espera nace de la experiencia del pueblo elegido, el cual reconoce que Dios lo ha educado para mirar el mundo en su verdad y a no dejarse abatir por las tribulaciones.

Os invito a abrir el año 2012 con dicha actitud de confianza. Es verdad que en el año que termina ha aumentado el sentimiento de frustración por la crisis que agobia a la sociedad, al mundo del trabajo y la economía; una crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas. Parece como si un manto de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro tiempo y no dejara ver con claridad la luz del día.

En esta oscuridad, sin embargo, el corazón del hombre no cesa de esperar la aurora de la que habla el salmista. Se percibe de manera especialmente viva y visible en los jóvenes, y por esa razón me dirijo a ellos teniendo en cuenta la aportación que pueden y deben ofrecer a la sociedad. Así pues, quisiera presentar el Mensaje para la XLV Jornada Mundial de la Paz en una perspectiva educativa: «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz», convencidos de que ellos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza.

Mi mensaje se dirige también a los padres, las familias y a todos los estamentos educativos y formativos,así como a los responsables en los distintosámbitos de la vida religiosa, social, política, económica, cultural y de la comunicación. Prestar atención al mundo juvenil, saber escucharlo y valorarlo, no es sólo una oportunidad, sino un deber primario de toda la sociedad, para la construcción de un futuro de justicia y de paz.

Se ha de transmitir a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio del bien. Éste es un deber en el que todos estamos comprometidos en primera persona.

Las preocupaciones manifestadas en estos últimos tiempos por muchos jóvenes en diversas regiones del mundo expresan el deseo de mirar con fundada esperanza el futuro. En la actualidad, muchos son los aspectos que les preocupan: el deseo de recibir una formación que les prepare con más profundidad a afrontar la realidad, la difi cultad de formar una familia y encontrar un puesto estable de trabajo, la capacidad efectiva de contribuir al mundo de la política, de la cultura y de la economía, para edificar una sociedad con un rostro más humano y solidario.

Es importante que estos fermentos, y el impulso idealista que contienen, encuentren la justa atención en todos los sectores de la sociedad. La Iglesia mira a los jóvenes con esperanza, confía en ellos y les anima a buscar la verdad, a defender el bien común, a tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos capaces de ver «cosas nuevas» (Is 42,9; 48,6).

Los responsables de la educación


2. La educación es la aventura más fascinante y difícil de la vida. Educar –que viene de educere en latín– significa conducir fuera de sí mismos para introducirles en la realidad, hacia una plenitud que hacer crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven.

Requiere la responsabilidad del discípulo, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones, son más necesarios que nunca; testigos que sepan ver más lejos que los demás, porque su vida abarca espacios más amplios. El testigo es el primero en vivir el camino que propone.

¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia? Ante todo la familia, puesto que los padres son los primeros educadores. La familia es la célula originaria de la sociedad. «En la familia es donde los hijos aprenden los valores humanos y cristianos que permiten una convivencia constructiva y pacífica. En la familia esdonde se aprende la solidaridad entre las generaciones, el respeto de las reglas, el perdón y la acogida del otro».1 Ella es la primera escuela donde se recibe educación para la justicia y la paz.

Vivimos en un mundo en el que la familia, y también la misma vida, se ven constantemente amenazadas y, a veces, destrozadas. Unas condiciones de trabajo a menudo poco conciliables con las responsabilidades familiares, la preocupación por el futuro, los ritmos de vida frenéticos, la emigración en busca de un sustento adecuado, cuando no de la simple supervivencia, acaban por hacer difícil la posibilidad de asegurar a los hijos uno de los bienes más preciosos: la presencia de los padres; una presencia que les permita cada vez más compartir el camino con ellos, para poder transmitirles esa experiencia y cúmulo de certezas que se adquieren con los años, y que sólo se pueden comunicar pasando juntos eltiempo. Deseo decir a los padres que no se desanimen. Que exhorten con el ejemplo de su vida a los hijos a que pongan la esperanza ante todo en Dios, el único del que mana justicia y paz auténtica.

Quisiera dirigirme también a los responsables de las instituciones dedicadas a la educación: que vigilen con gran sentido de responsabilidad para que se respete y valore en toda circunstancia la dignidad de cada persona. Que se preocupen de que cada joven pueda descubrir la propia vocación, acompañándolo mientras hace fructificar los dones que el Señor le ha concedido. Que aseguren a las familias que sus hijos puedan tener un camino formativo que se contradiga con su conciencia y principios religiosos.

Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna.

Me dirijo también a los responsables políticos, pidiéndoles que ayuden concretamente a las familias e instituciones educativas a ejercer su derecho-deber de educar. Nunca debe faltar una ayuda adecuada a la maternidad y a la paternidad. Que se esfuercen para que a nadie se le niegue el derecho a la instrucción y las familias puedan elegir libremente las estructuras educativas que consideren más idóneas para el bien de sus hijos. Que trabajen para favorecer el reagrupamiento de las familias divididas por la necesidad de encontrar medios de subsistencia. Ofrezcan a los jóvenes una imagen límpida de la política, como verdadero servicio al bien de todos.

No puedo dejar de hacer un llamamiento, además, al mundo de los medios, para que den su aportación educativa. En la sociedad actual, los medios de comunicación de masas tienen un papel particular: no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye positiva o negativamente en la formación de la persona.

También los jóvenes han de tener el valor de vivir ante todo ellos mismos lo que piden a quienes están en su entorno. Les corresponde una gran responsabilidad: que tengan la fuerza de usar bien y conscientemente la libertad. También ellos son responsables de la propia educación y formación en la justicia y la paz.

Educar en la verdad y en la libertad

3. San Agustín se preguntaba: «Quid enim fortius desiderat anima quam veritatem? - ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad?».2 El rostro humano de una sociedad depende mucho de la contribución de la educación a mantener viva esa cuestión insoslayable. En efecto, la educación persigue la formación integral de la persona, incluida la dimensión moral y espiritual del ser, con vistas a su fin último y al bien de la sociedad de la que es miembro. Por eso, para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza.

Contemplando la realidad que lo rodea, el salmista reflexiona: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que de él te cuides?» (Sal 8,4-5). Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Quién es el hombre? El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad –no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida– porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Así pues, reconocer con gratitud la vida como un don inestimable lleva a descubrir la propia dignidad profunda y la inviolabilidad de toda persona. Por eso, la primera educación consiste en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano y ayudar a los otros a llevar una vida conforme a esta altísima dignidad.

Nunca podemos olvidar que «el auténtico desarrollo del hombre se refiere a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones»,3 incluida la trascendente, y que no se puede sacrificar a la persona para obtener un bien particular, ya sea económico o social, individual o colectivo. Sólo en la relación con Dios comprende también el hombre el significado de la propia libertad. Y es cometido de la educación el formar en la auténtica libertad. Ésta no es la ausencia de vínculos o el dominio del libre albedrío, no es el absolutismo del yo.

El hombre que cree ser absoluto, no depender de nada ni de nadie, que puede hacer todo lo que se le antoja, termina por contradecir la verdad del propio ser, perdiendo su libertad. Por el contrario, el hombre es un ser relacional, que vive en relación con los otros y, sobre todo, con Dios. La auténtica libertad nunca se puede alcanzar alejándose de Él.

La libertad es un valor precioso, pero delicado; se la puede entender y usar mal. «En la actualidad, un obstáculo particularmente insidioso para la obra educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad y cultura, del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio “yo”. Por consiguiente, dentro de ese horizonte relativista no es posible una auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común».4

Para ejercer su libertad, el hombre debe superar por tanto el horizonte del relativismo y conocer la verdad sobre sí mismo y sobre el bien y el mal. En lo más íntimo de la conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien que ha hecho y del mal que ha cometido.5 Por eso, el ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado con la ley moral natural, que tiene un carácter universal, expresa la dignidad de toda persona, sienta la base de sus derechos y deberes fundamentales, y, por tanto, en último análisis, de la convivencia justa y pacífica entre las personas.

El uso recto de la libertad es, pues, central en la promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se distancie de la propia forma de ser y vivir. De esa actitud brotan los elementos sin los cuales la paz y la justicia se quedan en palabras sin contenido: la confianza recíproca, la capacidad de entablar un diálogo constructivo, la posibilidad del perdón, que tantas veces se quisiera obtener pero que cuesta conceder, la caridad recíproca, la compasión hacia los más débiles, así como la disponibilidad para el sacrificio.

Educar en la justicia


4. En nuestro mundo, en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, más allá de las declaraciones de intenciones, está seriamente amenazado por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de utilidad, del beneficio y del tener, es importante no separar el concepto de justicia de sus raíces transcendentes. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. La visión integral del hombre es lo que permite no caer en una concepción contractualista de la justicia y abrir también para ella el horizonte de la solidaridad y del amor.6

No podemos ignorar que ciertas corrientes de la cultura moderna, sostenida por principios económicos racionalistas e individualistas, han sustraído al concepto de justicia sus raíces transcendentes, separándolo de la caridad y la solidaridad: «La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo».7 «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Serán saciados porque tienen hambre y sed de relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus hermanos y hermanas, y con toda la creación.

Educar en la paz

5. «La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad».8 La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios. Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor.

Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad; hemos de ser activos dentro de las comunidades y atentos a despertar las consciencias sobre las cuestiones nacionales e internacionales, así como sobre la importancia de buscar modos adecuados de redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y de la resolución de los conflictos.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. Invito de modo particular a los jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia los ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir contracorriente.

Levantar los ojos a Dios


6. Ante el difícil desafío que supone recorrer la vía de la justicia y de la paz, podemos sentirnos tentados de preguntarnos como el salmista: «Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal 121,1). Deseo decir con fuerza a todos, y particularmente a los jóvenes: «No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico [...], mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?».9 El amor se complace en la verdad, es la fuerza que nos hace capaces de comprometernos con la verdad, la justicia, la paz, porque todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1 Co 13,1-13).

Queridos jóvenes, vosotros sois un don precioso para la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo ante a las dificultades y no os entreguéis a las falsas soluciones, que con frecuencia se presentan como el camino más fácil para superar los problemas. No tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación. Vivid con confianza vuestra juventud y esos profundos deseos de felicidad, verdad, belleza y amor verdadero que experimentáis. Vivid con intensidad esta etapa de vuestra vida tan rica y llena de entusiasmo.

Sed conscientes de que vosotros sois un ejemplo y estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os esforcéis por superar las injusticias y la corrupción, cuanto más deseéis un futuro mejor y os comprometáis en construirlo. Sed conscientes de vuestras capacidades y nunca os encerréis en vosotros mismos, sino sabed trabajar por un futuro más luminoso para todos. Nunca estáis solos. La Iglesia confía en vosotros, os sigue, os anima y desea ofreceros lo que tiene de más valor: la posibilidad de levantar los ojos hacia Dios, de encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la paz.

A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados por la causa de la paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a la que todos debemos aspirar. Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos mutuamente en nuestro camino, trabajemos para dar a nuestro mundo un rostro más humano y fraterno y sintámonos unidos en la responsabilidad respecto a las jóvenes generaciones de hoy y del mañana, particularmente en educarlas a ser pacíficas y artífices de paz. Consciente de todo ello, os envío estas reflexiones y os dirijo un llamamiento: unamos nuestras fuerzas espirituales, morales y materiales para «educar a los jóvenes en la justicia y la paz».

Vaticano, 8 de diciembre de 2011

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Notas

1 Discurso a los Administradores de la Región del Lacio, del Ayuntamiento y de la Provincia de Roma, (14 enero 2011), L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (23 enero 2011)

2 Comentario al Evangelio de S. Juan, 26,5.

3 Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 11: AAS 101 (2009), 648; cf. PABLO VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 14: AAS 59 (1967), 264.

4 Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial de la diócesis de Roma (6 junio 2005): AAS 97 (2005), 816.

5 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 16.

6 Cf. Discurso en el Bundestag (Berlín, 22 septiembre 2011): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 septiembre 2011), 6-7.

7 Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 6: AAS 101 (2009), 644-645.

8 Catecismo de la Iglesia Católica, 2304.

9 Vigilia de oración con los jóvenes (Colonia, 20 agosto 2005): AAS 97 (2005), 885-886.

© Librería Editorial Vaticana

6 de diciembre de 2011

Un reto importante: Trabajo y digno

El mes de noviembre fue intenso en la vida política de nuestro país. Los ciudadanos fuimos convocados a unas elecciones generales para renovar las Cortes (Senado y Congreso) y, con ello, el Gobierno de la Nación. Esa intensidad se mantiene en el mes de diciembre ya que a mediados se constituyen las Cortes y a finales tomará posesión el nuevo Gobierno, momento en el que conoceremos sus proyectos para esta nueva legislatura.

Conviene recordar que los ciudadanos seguimos siendo protagonistas de la vida Política (y si no es así tenemos que hacer lo posible por serlo). No podemos descargar nuestra responsabilidad en aquellos que han resultado elegidos. Es más, estamos llamados a exigirles que trabajen por el bien común. El gran problema es que nuestra democracia no tiene articulados mecanismos para ello y los electos no parecen estar tan interesados (al menos esa es la experiencia hasta ahora) por contactar con la ciudadanía como cuando ha estado solicitando nuestro voto. No obstante, no podemos resignarnos y a través de los cauces que sea hemos de hacer llegar nuestra voz.

Uno de los retos más importantes que hemos de afrontar como sociedad, y que el nuevo gobierno deberá impulsar, es el del trabajo. El mes de diciembre comenzaba con la noticia de un importante incremento del desempleo (en noviembre un 1,51 %, con 44.566 parados en Valladolid). También en los primeros días de diciembre celebrábamos el Aniversario de la Constitución Española, que en su artículo 35 dice: “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo”.

Para quienes vivimos animados por el Espíritu de Jesucristo, el acceso a un trabajo no es sólo cuestión de un derecho y un deber, sino que, dado que está en juego la dignidad de la persona, es un reto moral: “el paro provoca hoy nuevas formas de irrelevancia económica, y la actual crisis sólo puede empeorar dicha situación. El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual. Quisiera recordar a todos, en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad”. (CIV 25).

Los cristianos, personal y comunitariamente, estamos llamados a reclamar a las autoridades políticas y a la sociedad en su conjunto un trabajo para todos, un trabajo que permita y fomente el desarrollo de la persona y su vida familiar y social, un trabajo que dignifique a quien lo realiza y contribuya al bien común construyendo la familia humana.

5 de diciembre de 2011

¿Que hacer con las pensiones?

Uno de los asuntos siempre delicados en el debate socio-político es sin duda el de la protección social y, especialmente, las pensiones.

Dependiendo de como se plantee el tema así será la respuesta que se le dé. Para ello, el número 5 de los CUADERNOS HOAC nos aporta una interesante reflexión para poder tener un criterio acorde con la Doctrina Social de la Iglesia. Animamos a su lectura. [ + info ]

4 de diciembre de 2011

Juventud, trabajo y evangelización


El Secretariado Diocesano de Pastoral Obrera organiza la Jornada Diocesana anual el sábado 21 de enero de 2012, de 10.30 a 14.00 horas, en la Casa de Acción Católica.

Este año, el contenido de la Jornadas girará en torno a la situación laboral que atraviesan los jóvenes en este momento y cómo anunciar en ese contexto la buena noticia del Evangelio de Jesucristo.

Contaremos con la participación del Consiliario de la JOC, Javier García.